Me cuenta mi abuelo
que allá donde él vivía, en un batey llamado Guanamaca a la orilla
del río había una ceiba donde salía en las tardes noches un
pequeño niño con unas grande trenzas. ¡Un güije!- se decía. Todos los niños del batey tenían miedo de acercarse al árbol o ir solos al río, pues el güije se acostaba debajo de las
ramas de la ceiba o simplemente se sentaba horas y horas ahí para
cuidar su río y su ceiba.